IV
El brayan está sentado al medio de la sala mientras arriba van a amarrar a alguien. Le pondran soporte en las patas para que no sea tan angustioso como fue realmente para los torturados. ¿Y no será mas ofensa que homenaje esto?, pregunto sin que nadie me conteste. Tomarse la universidad para reírse de los torturados, eso hacen, le digo a mi silencio. Prefiero gastar mis chauchas en yerba.
Me acerco al Marcelo que revolotea bailando sin pescar a nadie, encerrado en sus audífonos:
-¡Marcelo!, ¿quién los?
-¡Weeeeena!, ese de ahí- me dice con los audífonos en las manos, y agrega -Están puro weando estos hippies culiaos: yo pienso lo mismo y él les grita “me la pela” o algo así, y desde afuera se escucha un abucheo lacónico, ruido como si estuviéramos en un estadio. Marcelo vuelve a encerrarse y yo me acerco al Brayan, que no veo desde hará unos mil años.
-¡¡Weeeeenaaa!!, ¿quién los?
-Yo lossss
-Dame un cero cinco po hermano
-Ya calmao si estoy ocupao viendo el homenaje si no todo es webeo- Se molesta pero le admito que me desubiqué pero era porque no esperaba que él los. Le explico, se ríe y se pone la mochila encima de las piernas, la abre y extrae una ziploc y de ahí extrae una miniziploc para mí, con el cogollo molido más chico y extraño que haya visto en mi vida. Era rosado, tenía pequeños fragmentos durísimos dorados y al centro tenían un tono azul.
-Uhhhmmm, igual están chicos
-Síiii pero están letales…
-Uhhhmmmmmm
-Los voy a mostrar en el escenario más rato
Pero no me convence, siempre he preferido la yerba verde. Mientras medito el Brayan le vende a dos silenciosos a mi lado, que le pasan uno de cinco y varios de mil, y cuando el Brayan los tiene en la mano, le quitan el de cinco y le pasan dos de mil, ni los cuenta y se los guarda. Yo tengo un billete de cinco, no podría hacer eso, y me voy.
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